IX Concurso Literario de Relatos cortos “Eugenio Asensio” – El Juego

Participantes en el IX Concurso Literario de Relatos cortos “Eugenio Asensio”, organizado por el Instituto Español “Giner de los Ríos” de Lisboa, Portugal, en mayo de 2018.

El Juego

Categoría B  –   Isabela María Vargas  

Ambos hombres se sentaron en la mesa y se miraron fijamente. Una vez más, volvían a encontrarse en este juego, este trance en el que se quedaban atrapados por horas e incluso días hasta que hubiera un ganador. El tablero se encontraba ahí, frente a ellos, los dados a un lado y las fichas atascadas en el inicio esperando a que todo comenzara. Habían pasado años desde se jugó por primera vez y desde entonces nunca habían cuestionado el porqué de seguir jugándolo. Era la manera en que las cosas debían suceder.

— ¿En serio tenemos que volver a pasar por esto? ¿Acaso no te cansas de perder siempre? Creo que si este último siglo nos ha demostrado algo, es que nunca podrás ganar —  dijo Albert con tono cansado, pero aun así con un aire de superioridad. Más de 100 años después su equipo jamás había perdido una ronda.

—  1844, 1863. Si algo nos han demostrado la historia es que no importa que tan difícil pueda parecer, se puede ganar. Y yo no seré el primero en rendirme, podemos perder una y otra vez, pero no esperes que dejemos de dar pelea. —  respondió Julián, su voz impasible y su rostro inexpresivo, pero en su tono dejaba claros sus sentimientos: pasión y esperanza.

Tras un encogimiento de hombros, Albert se ajustó la corbata y tomó los dados para dar inicio a la partida. Siempre vestía de manera elegante, su saco negro impecable, su corbata de un rojo escarlata resaltaba más que cualquier otra cosa en su vestimenta; su cabello cuidadosamente arreglado, sin un solo pelo fuera de su lugar. Siempre parecía como si pasara horas asegurándose que su apariencia luciera lo más cercano a la perfección, su ego no le permitiría menos que eso. Cuando se conocieron por primera vez (la primera vez que les tocó jugar), él se había esforzado en destacar por su carisma y una actitud afable, una por la que Julián habría caído si no fuese por sus ojos, de un azul profundo pero con una frialdad calculadora que jamás le permitiría caer en sus mentiras y promesas de algo más. A Julián aun le impresionaba el encontrarse presentable y arreglado él mismo en esta ocasión, era una imagen prometedora pues junto a su contrincante el sólo lucía una camisa celeste, unos pantalones de vestir, zapatos de punta y un reloj (para lucir más sofisticado). Usualmente utilizaba ropa más común (la cual marcaba un gran contraste entre ambos hombres, dejando a simple vista quien era quien en la escala social), pero quería sentirse preparado pues se sentía con las de ganar.

Continuaron moviendo los dados y las fichas avanzaron con velocidad. Al comenzar, Albert estaba tan confiado que no se molestaba en intentarlo, pero eso fue antes de que viera la estrategia de Julián, su plan de juego le estaba poniendo más nervioso de lo que quería demostrar. No obstante, lo que realmente debería asustarle a Albert es la pasión, la energía, el esfuerzo y la esperanza detrás de cada movimiento hecho por su oponente. Ese tipo de fe en lograr un objetivo solo había sido visto en un hombre muchos años atrás, y aquel venció en el juego aunque fuera una victoria corta.

Julián comenzó a emocionarse, estaba tan cerca. Cuando hacía una jugada ya estaba pensando en la siguiente, movía los dados como una extensión de su cuerpo y por primera vez sintió que el juego estaba a su favor.  Albert le fulmino con la mirada, pues su última decisión había provocado que uno de sus aliados terminara en la cárcel. Miró el tablero y se percató de cuantas propiedades había perdido, y cuanto terreno había ganado Julián. “Es sólo un juego” se quería decir a sí mismo pero sabía que no era así. Por alguna razón, alguna ley más allá de ellos y de su propia comprensión lo que sucedía en aquella mesa se hacía realidad. Cada paso en falso tendría consecuencias catastróficas para su equipo. No perdió el tiempo, manipuló cada jugada como le habían enseñado hacerlo durante años, utilizó cada artimaña que conocía e incluso algunas que acababa de inventar pero nada parecía funcionar. Julián era una máquina y estaba en una racha ganadora. Ya le había despojado de cinco aliados (todos presos), y consiguió firmar un acuerdo para mejorar la tasa de educación y abrir unos fondos para los hospitales públicos, ya estaba por tratar con el tema de la inmigración cuando sucedió.

No supo en que momento había pasado pero Albert tenía un teléfono en la mano y la billetera en la otra. No. No. NO. Estaba haciendo trampa, no podía ser cierto. Los jueces no lo permitirían. Entraron dos hombres en la habitación y se acercaron a la mesa de jurados que había en un lado. Julián observó como todas sus esperanzas eran machacadas con los billetes que iban sacando y le entraron ganas de gritar y romper todo.

— ¡NO! ­— gritó al tiempo que los jueces se levantaban y dejaban la habitación, Julián sujeto el tablero con ambas manos y lo arrojo contra un pared sin pensar en nada más. Su respiración era pesada y entrecortada, una niebla de ira le ofuscaba cualquier pensamiento racional en estos momentos.

— Te lo dije pero no quisiste escuchar — la risa burlona estaba presente en su voz — ¿Es que no lo entiendes? No importa lo que hagas nunca vas a vencer. Tienes una debilidad y es tu conciencia, tu moral. Eres incapaz de hacer lo que sea necesario para ganar y eso te limita de maneras inimaginables. Siempre encontramos una manera, chantaje, manipulación, negocios, ¿Sabes cuántos de tu equipo antes eran hombres limpios y terminaron uniéndose a nosotros? Este es nuestro juego y si quieres hacerte una ilusión de que puedes ganar, allá tú, pero que sepas que son los sueños irrealistas de un niño.

— Bien — dijo Julián con voz suave, ya su respiración había vuelto a la normalidad — Este es tu juego, acepto la derrota. ¿Pero sabes qué? No me voy a rendir, no son sueños de un niño, son la esperanza de mi pueblo y si yo me rindo ¿Qué nos queda? — Sus ojos tomaron un brillo distinto cuando volvió a dirigirse a Albert — Si no puedo con este juego, te traeré otro, y otro, un nuevo tablero, otros dados, distintas fichas e incluso un nuevo jugador. ¿Y si eso no funciona? Volveré a cambiar el juego, una y otra vez. Tengo muchos años jugando bajo tus reglas y ya me cansé. Es hora de que veas de que estamos hechos. ¿“Si no puedes con ellos, úneteles”? Esas son las palabras de quienes no tenían suficiente voluntad en sí mismos para luchar por sus ideales, yo digo que si no puedo vencerte en tu juego, es hora de jugar uno nuevo.

Julián sintió como una calma y repentina seguridad lo envolvía e invadía cada uno de sus sentidos. Albert tenía razón en una cosa, y es que por años se dejó limitar, no pensó más allá de las reglas que le habían dado y no dudo en seguirlas, pues ya no volvería a cometer ese error. Luego de la repentina claridad de sus pensamientos, se acomodó la camisa, posiciono su reloj y le dirigió una despedida cordial a su oponente, antes de salir de la habitación y no volver a mirar atrás.

A pesar de haber triunfado una vez más, Albert sintió como si acabara de perder cada partida por el resto de su vida. Y no estaba equivocado.