Editorial Marzo 2018

En esta vida nos jugamos la Vida.

Durante la Cuaresma, la Iglesia, como Madre y Maestra, propone que sus hijos nos enfoquemos,  y fijemos la mirada – todo nuestro ser- en acciones concretas que nos unan al misterio de Jesús en el desierto (Catecismo, 540), y en una serie de sacrificios y obras de misericordia.

La Cuaresma es un tiempo fuerte, pero sólo tiene sentido porque apunta a la Resurrección, así como esta vida tiene sentido porque debe apuntar hacia la Vida Plena. Es una preparación para celebrar mejor la Pascua, el Paso del Señor, Dios de la Historia (Heb. 13,8; Ap. 21, 6).

La abstinencia de ingerir ciertos alimentos, o realizar determinados “sacrificios” nos permiten disciplinar el cuerpo, acorde al espíritu, porque este último es animoso, pero la carne es débil (Mt. 26, 41). Estas privaciones sirven de “ejercicio” para que, como los atletas  (Heb. 12, 1) desarrollemos en nosotros el carácter, la templanza, la conciencia de lo importante que es practicar un ayuno más exigente, al que Dios nos invita y que va más lejos: “Abrir las prisiones injustas, dejar libres a los oprimidos, partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrarse a su propia carne” (Is. 58).

Este ayuno se traduce en las catorce obras de misericordia, siete corporales y siete espirituales. Las obras corporales: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos, enterrar a los difuntos. También están las siete obras de misericordia espirituales: Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rezar a Dios por los vivos y los difuntos (Mt. 25; Is. 58, 6-8; Heb. 13. 3).

Madre Teresa de Calcuta insiste: “Ama hasta que duela”. No basta con dar. Es necesario darse. Esto, en ocasiones, implica “arriesgar el pellejo”, cuando se cometen acciones injustas; el bolsillo, ante una necesidad del amigo o desconocido; el tiempo, cuando en medio de nuestro cansancio brindamos ayuda al amigo que nos necesita.

Recordemos que en este mundo estamos de paso, que la verdadera vida es eterna y aspirar a ella es el plan preparado para nosotros (cfr. Mt. 25): en esta vida nos jugamos la Vida Eterna. Seremos juzgados por el amor, y amar es perdonar, ayudar, corregir, alentar, compadecerse, servir, darlo todo, como el mismo Dios hizo en la Cruz, que no se reservó nada para sí. Su entrega fue total (Jn. 3, 16).

Vivir para uno mismo, apegado a la buena vida y al confort puede ser un peligro para la vida espiritual, pues Dios nos pedirá cuentas, no solo de lo malo que hayamos hecho, sino de lo bueno que dejamos de hacer, de la indiferencia, el pecado de omisión. Esto podemos apreciarlo muy bien en la parábola de Lázaro y el rico epulón (Lc. 16, 19-31).

La familia, como iglesia doméstica, es el espacio idóneo para sentar las bases de la fe en Dios. Conversar en familia sobre Dios, Su Palabra, Su Voluntad, es un modo de colaborar para que la semilla de eternidad que fue plantada en nuestro bautismo pueda germinar. Es reponsabilidad de todos. Este es un paso importante, sí, pero también se debe aspirar para  que, como familia, cumplamos con el compromiso de realizar las obras de misericordia, que cuidemos el alma y el espíritu de los más pequeños (Lc. 17, 6), sin exasperarlos (Col. 3, 21), pero, como enseña Francisco de Sales, con amor y firmeza (Tratado del Amor I).

Que al finalizar esta Cuaresma nuestros sacrificios y ofrendas sean agradables a Dios y, al celebrar la Semana Mayor, muramos al pecado, esto es a la soberbia, al resentimiento, al egoísmo, a la insensibilidad, a todo lo que nos aleja de Dios y del hermano; y que resucitemos llenos de alegría y entusiasmo a una nueva vida, sabiendo que Jesús está vivo, que ha resucitado. Con la esperanza de que, al atardecer de nuestra vida, escuchemos esa voz cariñosa que nos diga: “Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; estuve enfermo, y me visitaron; estuve en la cárcel y me fueron a ver” (Mt. 25, 34).

¡Este es el momento favorable para sembrar. Ahora es el día de la Salvación! -como indica Pablo, el apóstol (2 Cor. 6, 2). ¡Manos a la obra, Familia San Judas, para que cosechemos en el corazón los frutos perennes de la Pascua florida! (Flp. 4, 17).

¡Feliz Pascua de Resurrección!